La universidad de Unamuno se desploma en el ranking de Shanghái

IMPRESCINDIBLE

La Universidad de Salamanca ha caído de la franja 501-600 a la 801-900 del ranking de Shanghái en apenas un año. Tres escalones de golpe. La institución que enseñó a Europa cuando Europa apenas sabía leer, la casa desde la que Miguel de Unamuno defendió la razón frente a la barbarie, retrocede mientras sus responsables celebran que todavía figura en la lista. 

El ranking de Shanghái (ARWU) no publica el puesto exacto dentro de cada franja, de modo que no cabe hablar de 300 posiciones perdidas al milímetro. La dirección, en cambio, es inequívoca: hacia abajo. Y no solo en Salamanca. España encoge en la clasificación y pasa de 36 a 30 universidades entre las mil mejores del mundo. Ocho han desaparecido este año; solo dos han regresado. El retrato es el de un sistema que se descuelga en silencio.

Salamanca no es una universidad cualquiera. Nació en 1218, dio nombre y sustento a una ciudad de algo más de 140.000 habitantes que vive, en buena medida, de ella. Que ese emblema resbale hasta la mitad inferior de la tabla no es un accidente estadístico: es la fotografía de años de financiación raquítica, plantillas envejecidas y una carrera investigadora que expulsa a los jóvenes en lugar de retenerlos. 

Conviene volver a Unamuno, que fue rector y catedrático de griego de esta casa. En el discurso de apertura de curso de 1900 dejó escrito un aviso que hoy incomoda: “No ha de enseñársenos aquí tanto a ganar la vida cuanto a vivirla”. La universidad pública nació para eso, para formar ciudadanos libres, no para maquillar folletos de promoción. Ahora se le exige competir en las clasificaciones internacionales con el presupuesto de una escuela de barrio y la burocracia de un ministerio.

La cifra española ayuda a medir la caída. Que un país pase de 36 a 30 universidades entre las mil primeras del planeta en un solo curso no es una fluctuación técnica: es una tendencia. Salamanca encabeza el desplome, no la resistencia. Sigue siendo la primera de Castilla y León, cierto, pero ser el gigante de una comunidad que se vacía no consuela; en todo caso, agrava el diagnóstico.

El golpe trasciende lo académico. Salamanca es una ciudad universitaria en sentido literal: su economía, su vivienda y su vida cultural giran alrededor de las aulas. Cuando el prestigio se erosiona, se resiente la matrícula internacional, que paga tasas más altas y sostiene una parte del presupuesto. La caída en la tabla no es una humillación simbólica: es una factura que llega, con retraso, a toda la provincia. El deterioro tiene responsables con nombre y cargo, aunque casi nunca se los cite. La inversión pública española en educación superior se sitúa por debajo de la media europea. 

Unamuno lo resumió en una fórmula que hoy sonaría a herejía en un despacho rectoral: “El hombre para la verdad, no la verdad para el hombre”. La universidad que persigue posiciones en una tabla antes que conocimiento ha invertido los términos. Publica para puntuar, contrata para figurar y olvida para qué existe. El ranking de Shanghái premia sobre todo la investigación científica y los premios Nobel; competir en ese terreno exige dinero y estabilidad, justo lo que se ha ido negando durante años.

“Vosotros habéis de ser mañana ministros de la reflexión común”, escribió el mismo Unamuno pensando en sus alumnos. Esa reflexión común  se degrada cada vez que una universidad pública se abarata. No se pierde solo un puesto en una tabla asiática: se pierde músculo democrático, la capacidad de un territorio para no depender de que otros piensen por él. Salamanca lleva ocho siglos demostrando lo contrario.

Las consecuencias no son abstractas. Cada peldaño perdido aleja fondos europeos, convenios internacionales y estudiantes de posgrado que eligen destino con la clasificación en la mano. Los investigadores jóvenes formados en Salamanca hacen las maletas hacia Lisboa, Ámsterdam o Boston. La ciudad los paga, los forma y los regala. Es la exportación más silenciosa y más ruinosa de cuantas practica el país, y ninguna estadística municipal la recoge.

El rector pronunció en 1936, frente a quienes gritaban contra la inteligencia en el paraninfo, la frase que lo hizo inmortal: “Venceréis, pero no convenceréis”. Hoy no hay fusiles en el aula, pero sí una asfixia lenta que vence por agotamiento sin convencer a nadie. Contra ella, el propio Unamuno dejó la única receta útil: “El progreso consiste en renovarse”. Renovar plantillas, presupuestos y ambición antes de que la renovación llegue tarde.

El descenso en el ranking de Shanghái no condena a Salamanca; la retrata. Todavía puede leerse como una advertencia y no como una lápida. Eso exige, sin embargo, dejar de celebrar la mera permanencia en una lista y empezar a discutir por qué se cae. 

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